Las fidelidades

Este es uno de esos libros que encuentro un día al azar recorriendo una librería. No había leído previamente ninguna recomendación. Nadie me había hablado de él. Es un libro que me resultaba anónimo, que simplemente observé en una estantería de novedades y que me hizo pararme. El tema me atrajo. La portada también.

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Lo abrí por la primera página, y la historia me fascinó. ¿Son las cosas de la edad?

“No quiero envejecer.
No quiero que me aparezcan manchas marrones en las manos, no quiero moquear sin darme cuenta, no quiero pedir a mi interlocutor que repita lo que acaba de decir mientras ahueco la mano detrás de la oreja a modo de trompetilla. No quiero olvidar el nombre de una ciudad donde he estado, no quiero tener menos erecciones, no quiero que me cedan el asiento en el autobús aunque yo lo haga y aunque le diga a mi hija que lo haga. No quiero afrontar la muerte con serenidad.
Tengo cincuenta y cuatro años y, desde hace uno, engaño a mi mujer con otra, una mujer más joven que yo, una mujer que tiene veintitrés años menos que yo.”

Diane Brasseur se mete en la piel del protagonista, un hombre de 54 años del cual omite el nombre para darle rango de clase, de especie, de estándar y poder así contar como el río de la vida puede bifurcarse en dos cauces y discurrir a partir de ese momento por dos territorios, con personajes y situaciones propias que se suman exclusivamente como experiencia vivida en la mente subjetiva  e inaccesible de un único sujeto ¿Una doble vida? No es fácil. Y surge la pregunta: ¿puede amarse a dos personas a la vez? Es una pregunta inquietante que aparece y reaparece a lo largo del libro en la experiencia del protagonista. Y tras la pregunta, una respuesta indecisa y una decisión. El hombre ha de resolver si permanece donde está, en la seguridad envolvente de su vida familiar, junto a la mujer de todas las horas y su hija, o se marcha a un cafetín silencioso en el que una chica de bufanda azul espera junto al ávatar de su otra vida, rebosante de nuevas promesas.

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Olvidemos la palabra “infidelidad”, dice la autora. Hablemos de la fidelidad, de qué significa en concreto, no con juicios morales o palabras grandes. Simplemente la fidelidad en los pequeños detalles. O la ausencia de ella. Porque primero es la transgresión al significado y a los significantes concretos de la fidelidad. Posteriormente sucede el conflicto, cuando junto al primer vínculo de fidelidad puede aparecer otro nuevo, catapultado por el mismo deseo de vivir con todos y cada uno de los pequeños detalles cotidianos de nuestra pequeña vida imperfecta, de nuestra existencia finita y escasa de placeres las más de las veces.

Cada día estoy más convencido de que nada sucede por que sí. Que todo tiene una explicación rápida y fácil, y también otra subyacente, más compleja, que es la que realmente inquieta la conciencia de las personas porque se oculta incluso a sus propios actores. Sorpresivamente, nos descubrimos en la acción empujados por una voluntad imperativa, que se siente al mismo tan propia como extraña, que opera desde el lado desconocido del alma siguiendo sus propias razones que nunca acabamos de comprender. Una voluntad que nos conduce y nos impulsa burlándose de nuestros más elevados razonamientos. Soy uno, pero realmente somos dos, como aquel  I y el Me que tan bien intuyó el padre de la psicología moderna, William James, para explicar, no los dos hemisferios de nuestro cerebro, sino los de nuestra mente. Una voluntad que está conectada a mí, al dueño de mi mente, a través de unos hilos invisibles que juntan todos los contenidos conscientes reuniéndolos en esa fiesta que siempre nos acompaña a la que llamamos Yo.

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Concluyo esta reflexión sobre el libro de Diane Brasseur con un texto que siempre me ha cautivado de Bertrand Russell porque reconoce con sencillez esas tres pasiones que gobernaron su vida como un elogio sincero a la imperfección y al anhelo de eternidad que nos constituye. Aunque somos humanos, y bien que lo sabemos, no dejamos nunca de concebirnos a nosotros mismos como ángeles.

«Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad.
Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.
He buscado el amor, primero, porque comporta el éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de ese gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que en una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas.
Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas, y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.
El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacia volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, victimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo y yo también sufro.
Esto ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad. »

Bertrand Russell

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