El dolor de la vida

¿Qué son las benzodiacepinas?

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Extenso y detallado artículo con un comienzo muy sugerente y un final inquietante. Empieza así: “Son las pastillas para el dolor de la vida, la garantía de que no nos acechara el insomnio y de que el monstruo de la ansiedad permanecerá adormecido, al igual que el sufrimiento, mágicamente difuminado por esos fármacos prodigiosos, pero a su vez adictivos”

El dolor de la vida, con significado o sin él, forma parte del premio o castigo, según se mire, del despertar de la conciencia hace muchos millones de años, de haber comido el fruto del árbol de la ciencia según describe el libro del Génesis. Antonio Damasio hace referencia a este hecho evolutivo, creador, en un párrafo magistral de su libro Self Comes to Mind, traducido al español horriblemente como El Cerebro creo al Hombre.

“Sin la subjetividad, la creatividad no habría florecido y no tendríamos canciones ni pintura ni literatura. El amor nunca sería amor, sólo sexo. La amistad habría quedado en mera conveniencia cooperativa. El dolor nunca se habría convertido en sufrimiento, no se hubiera considerado algo malo, sino sólo una dudosa ventaja dado que el placer tampoco se hubiera convertido en dicha o en gozo. Si la subjetividad no hubiera hecho su radical aparición, no existiría el conocimiento ni tampoco nadie que se fijara en las cosas y dejara constancia de ellas; es decir, no habría cultura ni historia de lo que las criaturas hicieron a lo largo de las épocas.”

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Controlar y aplacar el dolor, en su expresión máxima, es disponer libremente sobre el “interruptor de la vida”, la eutanasia. Este debate se inició ya en el Congreso, y veremos como termina. Recientemente se publicaba una entrevista al conocido doctor Montes, recién fallecido, que apuntaba cuál va a ser el eje del debate político y social cuando le preguntaban por el hecho de practicar la sedación a enfermos terminales.

“Ves que sufre, que la muerte está presente, que no tiene vuelta atrás, que ya se lo ha comunicado a su familia… Ese es el primer deber: informar del pronóstico. Para que inicien la despedida y el acompañamiento. El instante de decir “te voy a dormir” es cruel, pero la comunicación permite muchas formas de abordarlo. Empiezas: “Estás muy cansado, llevas mucho tiempo sufriendo… ¿Quieres dormirte aunque no te despiertes?”. Siempre suelen responder: “Sí, por favor”.

“Sí, por favor”. Esta es la fórmula, el conjuro que facilita el abrazo mágico del hombre con la química… hasta donde quiera llegar ese abrazo, claro. Constituirá el argumento central de los partidarios de la eutanasia que veremos machaconamente ilustrado con toda suerte de relatos e imágenes drásticos, dramáticos, para fundamentar la posibilidad de que cada cual tome el control de su vida hasta sus últimas consecuencias, hasta la última decisión de una vida construida sobre el principio de la autodeterminación personal.

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En la raíz del problema está el miedo a lo real que nos acompaña desde que nacemos, ese miedo que es constitutivo de nuestra conciencia, nuestra ventana a la realidad exterior e interior que se abre lentamente al conocimiento del yo, del tiempo, de la existencia de un principio y de un final. De un tiempo que fluye entre experiencias de todo tipo donde el placer y el sufrimiento se enzarzan en un combate feroz que siempre ha ganado al final la muerte. O no. Ese es el reto. Me encanta la descripción que hace Chesterton cuando unifica el relato de la historia del hombre desde la magia de los cuentos de hadas de la infancia hasta la madurez de una razón adulta que no puede crecer sin recordar que lo complejo cabe en el frasco pequeño de lo sencillo.

“Los cuentos de hadas no dan al niño su primera idea de los fantasmas. Lo que los cuentos de hadas dan al niño es su primera idea clara de una posible victoria sobre el fantasma. Nosotros hemos conocido íntimamente al dragón desde siempre, desde que supimos imaginar. Lo que el cuento de hadas hace es proporcionarnos un san Jorge capaz de matar al dragón. Lo que el cuento de hadas hace exactamente es esto: por una serie de claras representaciones pictóricas, nos acostumbra a la idea de que esos terrores ilimitados tienen un límite; de que esos informes enemigos tienen enemigos; de que esos infinitos enemigos del hombre tienen enemigos en los campeones de Dios; de que hay algo en el universo más místico que las tinieblas y más potente que el miedo poderoso».

G. K. Chesterton
El ángel rojo

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Y luego está el final del artículo, inquietante: “Más allá de esa frontera, donde la química actúa como sedante, se abre la necesidad de integrar otras estrategias, otros enfoques con los que desenredar el nudo de nuestras vidas”. Es decir, salir de la cárcel en la que vivimos esclavizados, el miedo a sufrir. Este miedo que se hace concreto y se extiende a todas aquellas cosas que tienen poder de hacerte sufrir, de matarte de algún modo, ya que no puedes aceptarlas por ti mismo. Un miedo reforzado por las experiencias de sufrimiento que nos impulsan a “salir corriendo” cuando sospechamos que se volverán a repetir. Pero, ¿quién tiene la llave de la celda? ¿Quién puede desenredar el nudo de nuestras vidas desde fuera de nosotros?

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