Lo público, lo privado y los votos.

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En estas últimas semanas la actualidad política ha estado acaparada por la Batalla de Madrid que terminó con la caída y dimisión de su presidenta, Cristina Cifuentes. En medio del ruido habitual generado por los medios de comunicación que viven del y para el affaire del momento, la foto de la despedida de la señora Cifuentes me ha sugerido mirar un poco más allá de las apariencias para reflexionar sobre lo que de verdad cuenta en política. Lo resumo así: la gestión de lo público desde unas organizaciones privadas como son los partidos políticos, y desde el escaso papel que tenemos los ciudadanos con nuestro voto cuatrianual, constreñido por la regla de hierro del voto útil. Por supuesto, y no faltaría más, podemos participar en la bronca de la opinión pública como a cada cual le pida el cuerpo, con la pancarta, en la reyerta de la barra de un bar, redes sociales, desde el sofá de casa, etc.

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Vamos al lío. Cada cuatro años los ciudadanos somos llamados a las urnas para votar y elegir qué partido político nos debe representar en nuestro ayuntamiento, en nuestra comunidad autónoma o en el Gobierno del Estado. Digo intencionadamente qué partido, porque lo que nos encontramos al llegar a un colegio electoral son unas urnas y unos cuantos montones de papeletas con nombres, casi todos desconocidos, debajo de las siglas de un partido político.

Si nos fijamos bien en esa mesa repleta de montones de papeletas, hay muchos partidos políticos, que además de adornar los colegios electorales ese día, no sirven para nada más. Realmente el ciudadano medio tiene claro quién gobierna y quién puede gobernar, y por ello fija su atención en 3 o 4 de esos montones de papeletas como mucho. En este acto de discriminación electoral el día de unas elecciones radica el verdadero poder en nuestro sistema actual; en ser o no ser las siglas del montón de papeletas en el que una gran mayoría de ciudadanos se fijan el día de una votación.

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Lo público, lo que es de todos, se define con una cifra mágica que sale del conjuro anual de los Presupuestos Generales para cada ámbito político: la previsión de ingresos. En el caso del Estado, y para el 2018, consiste en la bonita cifra de 233.508 millones de euros que tiene que gastar el Gobierno en las diferentes partidas y por las que se suscitan siempre las mismas polémicas, presupuestos más sociales o menos, se favorece a unos en perjuicio de otros, se gasta poco en sanidad y educación, demasiado en defensa, etc.

Cuando hablo de lo privado me refiero a los partidos políticos, estos grandes artefactos con miles de empleados y de cargos que con unas siglas y unos candidatos acaparan las dos grandes cuencas electorales  de una democracia contemporánea que son la del centro derecha y la del centro izquierda, cuyos ríos desembocarán, una u otra, sí o sí, en el Gobierno. Así de simple y de sencillo. Las siglas que controlen cada una de estas dos cuencas electorales son las que tienen asegurado, o el gobierno o la oposición. Es geografía electoral pura y dura. Cada cuatro años el monzón electoral traerá la lluvia de votos sobre el mapa político, y cada gota-voto caerá en una de las dos cuencas para nutrir el cauce que finalmente ganará el poder.

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Es cierto que hay otras cuencas más pequeñitas, algunas simples arroyos, otras tan sólo de arroyada por algún fenómeno puntual de la vida pública que suscita la adhesión de unos pocos miles de votos … pero sin ninguna oportunidad de competir con los dos grandes ríos. Esta geografía política tan sencilla de explicar procede de la última orogenia legislativa que se produjo en nuestro país en el año 78, donde se fijaron las reglas particulares de nuestra democracia mediante la Constitución y la normativa electoral. Y desde entonces ha permanecido inamovible hasta el año 2015 y 2016, donde una micro-orogenia ha intentado romper el control sobre las dos cuencas electorales principales mediante un asalto al poder por los dos flancos, desde Ciudadanos a la captura de la bandera del centro derecha, y de Unidos Podemos a la del centro izquierda. En ello estamos todavía de cara a las próximas citas electorales. Es lo más emocionante ocurrido en los últimos cuarenta años, en los cuales, la alternancia en el poder ha discurrido entre los escándalos y las convulsiones de los partidos políticos y sus principales dirigentes en la gestión pública.

El poder consiste en el presupuesto y en el beneficio general atribuible al gasto y a la creación de leyes. En la definición de beneficio general está y estará la controversia por los siglos de los siglos.  El acceso al poder está suficientemente canalizado para que recaiga sobre tres o cuatro partidos políticos como mucho, que son organizaciones privadas, y sobre las que recae consitucionalmente la responsabilidad de gobernar o de ser oposición. El ciudadano hace su vida, se escandaliza o se congratula ante lo que le cuentan que sucede en la vida pública los medios de comunicación. Después patalea como quiere, puede o le dejan, y al final decide si vota y a quien vota cada cuatro años con la seguridad de que ese voto caerá, muy mayoritariamente, en la cuenca electoral de siempre, la del centro derecha o la del centro izquierda, porque representa mejor sus intereses vitales, su pensamiento, sus querencias, sus miedos o sus preferencias con independencia de las siglas que adornen la cabecera de la papeleta: UCD, AP, CDS, AP-PDP-UL, PP, Ciudadanos, PSOE, PC, IU, PODEMOS.

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En las grandes organizaciones privadas que tienen como único objetivo la gestión de lo público, los partidos políticos, tienen claro el mapa y las reglas del juego. Sus ejércitos de nóminas y cargos, más. Por ello, es fácil interpretar lo que acontece en la vida pública, por muy catastrófico que pueda parecer, en clave de resistencia por encima de todo, en la defensa de la indisolubilidad del matrimonio  de tus siglas con una de las dos grandes cuencas electorales, que defenderán con uñas y dientes. Para ello hay que construir y destruir al mismo tiempo, desfenestrando compañeros, edulcorando la realidad, mintiendo, o lo que haga falta. Al fin, lo único que cuenta en  política es que el día de una votación tienen que estar tus siglas en uno de los dos o tres montones de papeletas que pueden ser  partido ganador u oposición, porque estas papeletas, con total seguridad, le darán el poder a una de esas dos grandes cuencas sociológicas-electorales.

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Por supuesto, y a modo de coda, si la resistencia a ultranza es la estrategia básica de los grandes partidos, la resilencia lo es de sus dirigentes. Controlar el partido es la principal tarea de los líderes políticos, porque hay que controlar los congresos y asegurar las elecciones internas. Si hay un lugar aferrado por una jerarquía y por unos jerarcas, ese es un partido político. Y la jerarquía se demuestra andando en la confección de las candidaturas que  pueden asegurar el escaño, porque si tu nombre figura en una candidatura con opciones reales de conseguir el ansiado escaño, eso te permite participar en el casino del poder y todo lo que ello conlleva a nivel personal y social.

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El ser o no ser de los políticos desembocará inevitablemente en el veredicto de las urnas, que es donde se juegan el tipo los dirigentes y los partidos que monopolizan las dos opciones mayoritarias de voto en nuestro país. Con independencia de los numerosos acontecimientos que jalonan los cuatro años de peripecias políticas, el fiel de la balanza sólo se puede inclinar hacia uno de los dos lados. Lo importante es que tus siglas y tu nombre estén ahí. Para ello hay que resistir y sobrevivir al fuego amigo y enemigo. El político, ante todo, tiene que ser un forward, un delantero capaz de marcar en cualquier climatología, ante cualquier equipo rival, y con cualquier equipo detrás, con el árbitro a favor o en contra. El político en nuestros días es la encarnación más asombrosa del superhombre de Nietzsche en un encarnizado partido de rugby.

 

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