La razón, ¿nuestra CPU defectuosa?

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Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados.

En El País aparecen de vez en cuando artículos como éste, siempre en el entorno del análisis político, aunque interesantes por el tema. En este caso nos ocupamos de nuestras cogniciones, nuestra capacidad de conocer, y lo que es más importante, nuestra incapacidad para reconocer el error.

En el mundo actual, los canales por los que circula la información son vitales para crear y generar opinión pública de masas, que no lo olvidemos, es el fundamento del origen de las mayorías en una democracia y por tanto de la verdad democrática: lo piensan muchos, por tanto es verdad, o la mejor de las verdades posibles. Cada día se produce una lucha feroz por controlar esos canales informativos, por poseer la fuerza de la mayoría. Hasta aquí nada nuevo, lo sorprendente es la afirmación del redactor sobre la incapacidad de nuestra razón para aceptar el error, aunque dicho error pueda ser reconocido, en esa interacción permanente entre los divulgadores y los receptores de datos y opiniones. Y lo más sorprendente es la ingenuidad del periodista para concluir su indagación con el descubrimiento de la presencia en nuestra razón de un sesgo cognitivo que concede absoluta prioridad a las opiniones vinculadas a la identidad de cada uno y, por tanto, al emocionalismo como vía de conocimiento preferente para una amplia mayoría de nuestros conciudadanos, hoy en día … y siempre.

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Cuando se pone en juego el yo pienso, yo opino, o yo creo, lo más probable es que triunfe el yo por encima de cualquier evidencia contraria. La identidad es la torre del homenaje de nuestro castillo personal, se construye con las piezas de nuestras convicciones y de nuestras creencias, y es muy difícil que cedamos soberanía individual a la realidad exterior porque estamos diseñados sobre la curiosidad y la desconfianza a partes iguales. La fortaleza de nuestro yo es un escudo protector contra la manipulación, pues para todos es lógico pensar que las cosas tienen que encajar con lo que ya sabemos del mundo. Si de pronto vemos una piedra elevarse hacia el cielo no dudamos de la existencia de la gravedad; pensamos que hay trampa en la piedra.

“Cuentan que un día, Platón definió al hombre: «Animal bípedo sin plumas» y que el sabio de Diógenes llevó hasta la puerta de su casa a un pollo desplumado mientras exclamaba: «Aquí tenéis al hombre de Platón». Después de esa lección, el ateniense reformuló su definición: «Animal bípedo sin plumas de uñas planas».

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Los news-forgers, los fact-checkers, psicólogos, tertulianos, periodistas y otros expertos del enjambre informativo son rentables en primer lugar para sí mismos, porque viven del ruido, del macutazo, del bombazo, del escándalo. Ya se ocupan ellos de que su negocio sea lo más lucrativo posible. Y sí, es verdad que gracias a la tecnología navegamos sobre un inmenso y valioso mar de datos, pero la verdad siempre ha sido esquiva y controvertida, le gusta jugar al escondite, requiere de nuestra libertad para manifestarse. Nos cuesta aprender y saber lo mismo que siempre. Afortunadamente.

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