La realidad es superior a la idea

La realidad es superior a la idea

Cuando llega la Navidad, todo el mundo quiere decir algo bello y bondadoso, o social y comprometido con el sufrimiento en el mundo. Afloran las imágenes de belenes, abetos, estrellas, niños … con frases al unísono, celebrando la paz, buenos deseos, la amistad, el amor y la esperanza. Agradezco todos los buenos sentimientos, todas las buenas intenciones, pero me resultan vacíos y huecos, por inanimados, por formales y por lo efímero que resulta este suspiro colectivo invocando la salvación que se desea, pero en la que no se espera realmente nada más allá del 6 de enero.

El artículo que encabeza este post es una auténtica perla preciosaNo es una opinión más, un análisis más, una retahíla de quejas y de denuncias. Es una mano tendida desde ese lugar en el que es posible vivir de otra manera, en el que suceden las cosas que deseamos, que necesitamos, que pedimos al universo con el escaso convencimiento de obtener respuesta a nuestros mensajes de auxilio, de contenido y de sentido para el instante que nos sofoca, los problemas que nos agobian y el tiempo que mueve la historia de cada uno y la de todos en una dirección que nunca controlamos.

Películas apocalípticas, de escenarios inhóspitos y salvajes como Waterworld, Mad Max, Apocalipse Now expresan gráficamente lo que sucede en un mundo donde la medida de las cosas es el hombre en soledad, abandonado a sus fuerzas, a su creatividad y a la promesa incierta, científica y racionalista de encontrar un día el algoritmo evolutivo que nos retorne al Edén de la inocencia perdida y de la ausencia de miedo y de sufrimiento.

Ese mundo donde la realidad se reconcilia con nuestros deseos y necesidades existe. No pretendo invocar un conjuro mágico que disuelva nuestros temores porque ni existe la magia ni existen las soluciones mágicas. Pero el corazón del mundo está vivo y a su lado hay vida y sigue generando la vida. Está entre nosotros, muy cerca, pero los que se fían de su sabiduría, de su experiencia como principal guía no pueden verlo, ni oírlo, ni descubrirlo. Hace falta que nos tiendan la mano desde fuera de nosotros y la suficiente humildad y sencillez para reconocer que necesitamos ayuda, no sólo autoayuda, para asirnos a la única posibilidad de cruzar la puerta pequeña, de encontrar la llave y encogernos lo suficiente para que el camello entre por el ojo de la aguja.

Alice

Termino con unos versos espléndidos de don Miguel de Unamuno que escribió desde la cumbre de su sabiduría cuando descubrió que la mayor grandeza consistía, paradojicamente, en hacerse pequeño.

Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños.
Yo he crecido, a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad,
vuélveme a la edad bendita
en que vivir era soñar.

 

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