SMILF

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SMILF es el acrónimo que da título a una serie norteamericana, una comedia ‘indie’ que arroja una mirada indiscreta y a la vez curiosa sobre la vida de Bridgette, una veinteañera de Boston cuyas inquietudes en lo que se refiere al sexo, las relaciones y su carrera profesional chocan con la realidad diaria de ser madre soltera. Las siglas significan (Soltera, Mamá, Independiente, Libre y Fuerte)

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Es una vida ante las cámaras, un producto televisivo, la animación de un guión de corte hiper-realista,  donde llama la atención desde el primer capítulo la interpelación de la protagonista al padre de su hijo cuando está orando con el pequeño al acostarlo: “En esta casa no se reza”. Desde el minuto uno el autor deja claro que no existe ninguna referencia en el mundo real de Bridgette que no sea exclusivamente lo que sucede, lo que hay, lo que le ha tocado en suerte en el reparto caprichoso de la vida.  Y es a partir de esa primera afirmación cuando nuestra protagonista afronta su día a día con situaciones completamente “planas”, digeridas según su creatividad y la reacción emocional que puede permitirse en cada momento. Todo es improvisado, aleatorio y solitario . Llora para sí (nunca hay nadie con quien llorar), busca el placer en soledad (con amante ocasional o sin él), se relaciona con su entorno reaccionando, acomodándose, extrayendo gota a gota a cada día cualquier experiencia gratificante que pueda presentarse. Acepta la maternidad sobrevenida como el único bien moral que se permite el guionista, pero en un toma y daca permanente con la libertad, y la independencia de la madre soltera cercenadas por el niño. Queda por último el mensaje de la fortaleza personal como única solución realista al misterio del sinsentido de la existencia de Bridgette, que está plenamente integrado en un relato sin preguntas, simplemente porque las respuestas no existen ni se las espera.

Encoge el corazón ver una serie así, (una de las muchas, claro). Entretienen las peripecias, pero desazona la ausencia de esperanza. Es posible que mucha gente sobrelleve la vida de esta manera, que acepte jugar al Tetris del día a día cuadrando cada línea como mejor se pueda, evitando colapsar por desbordamiento, llegar al game over, porque es lo que hay. 

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Ante la ausencia deliberada de alguna trascendencia, no queda más ayuda que la psicología, la llamada a la fortaleza personal como único valor útil,  y la autoayuda en un mundo sin relaciones sólidas para sacar el máximo partido a nuestro cerebro en su tarea por vivir, sobrevivir o lo que toque. Con dinero o sin él, todos los personajes aparecen atrapados en la misma vaciedad, en el mismo perfil plano y cortoplacista del  presente omnipresente. Sartre describía el drama de la imposibilidad de relación entre los seres humanos con la alegoría de los erizos. Afirmaba que somos como erizos, que cuando sentimos el frío de la vida nos acercamos unos a otros en un intento de darnos calor. A continuación y al pincharnos por la proximidad, al hacernos daño por el contacto, volvíamos a alejarnos unos de otros, aceptando la imposibilidad de ayudarnos mutuamente sin herirnos.

Niego la mayor. Nadie puede dejar de desear. Nadie puede no hacerse preguntas. La realidad no es un escenario impersonal, una caricatura de nuestros sueños e ideales. Las situaciones no aparecen y llegan a su desenlace por mero azar. No hemos sido arrojados al mundo para sobrevivir en él con los recursos que la naturaleza y la sociedad nos permitan. La televisión, Internet crean realidad, construyen con facilidad una visión de la realidad  a la que mucha gente asiente sin más,  eso es verdad. Pero hay vida más allá de los bites de información que anegan mentes y corazones en la pandemia de la nueva cultura dominante. Wittgenstein lo afirmaba con rotundidad: “Todo aquello que el hombre ignora no existe para él, por eso, el universo de cada uno se reduce al tamaño de su saber”. Y esto es lo determinante, no dejar nunca de desear y no dejar tampoco nunca de buscar, de preguntar, de querer saber y entender.

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