Tan modernos y tan simplones

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Las fuerzas políticas se deberían definir por sus programas; las ideas, el análisis político y sus propuestas sistematizadas. Si han ocupado el poder en algún momento, además de la teoría contamos con los hechos, las políticas que se aplicaron. A partir de esta fuentes podemos conocer el modelo de sociedad que defienden para todos, con sus bondades y sus debilidades.

Después llega la parte más ardua, que es atraer votantes, captar el interés de los ciudadanos, construir un suelo electoral con opciones de ganar unas elecciones. Y es en este estadio de la política donde observo que se usan con más intensidad algunas antiguas pero efectivas técnicas de la comunicación: las omisiones, las generalizaciones  y las distorsiones deliberadas. En definitiva, se trata vender el relato  más favorable a los intereses de cada partido, eligiendo una visión parcial, taimada y vitaminada pero suficiente para ayudar a la gente a decidir lo más importante, el voto. Y por eso todos los relatos políticos adolecen de críticas furibundas por parte de sus opositores, que pondrán el máximo interés en revelar al público todo lo que omite, exagera o distorsiona el rival. Una consecuencia de esta práctica habitual en el debate político es el galimatías argumental que produce cualquier campaña electoral. El sufrido electorado se defiende entonces, ante la avalancha de promesas y de paraisos futuros, librándose del canto de sirenas de los diferentes partidos mediante la solución más simplona, la afiliación sentimental o la identidad lateral; soy y voto a la izquierda, soy y voto al centro; soy y voto a la derecha, con sus diversas modalidades.

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Y ya está. Estas son las palabras mágicas del hechizo más potente que se conoce para captar y retener las inteligencias en nuestro tiempo moderno: derecha, centro e izquierda. Con estas etiquetas es sencillo discernir lo bueno de lo malo, lo mejor de lo peor, lo conveniente de lo inconveniente, el gato por liebre. Porque una vez etiquetado el político, la declaración, el análisis o la propuesta como amigo o enemigo según nuestra afiliación sentimental, nos ahorramos la fatiga de leer demasiado, pensar o mucho menos contrastar la información.  Fácil y práctico. Usando la rosa de los vientos de la identidad ideológica se puede navegar en las aguas procelosas de la actual sobresaturación informativa. Es el triunfo de la fast politics, ideal para el consumo rápido, diseñada para la velocidad fulgurante de las redes sociales, comercialmente suculenta en los realitys televisivos y debates del prime time. Me resulta curioso el contraste tan fuerte entre nuestro mundo, tan moderno y evolucionado en algunos aspectos, y a la vez tan simplón y primitivo en otros. La política se ha refugiado en los últimos. Así nos va.

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