¿Estás listo para que te rompan el corazón?

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La industria de la desilusión

Me ha llamado mucho la atención este post alertando de una práctica comercial ( y todo es comercio y mercado hoy, también la política) Me refiero al hype, concepto para referirse a la creación intencionada de expectativas sobredimensionadas sobre un determinado producto como una estrategia de ‘marketing’, pero que ha terminado por contaminar otros aspectos de nuestra vida. Hay ‘hype’ en consumo, hay ‘hype’ en política, hay ‘hype’ en el mundo empresarial y hay ‘hype’ en nuestras relaciones personales, en las aplicaciones para ligar, etc.

Cualquier propuesta comercial, política, deportiva, etc., se apoya en el lado emocional del proceso de generación de novedad según el ciclo se sobreexpectación de Gartner. En el lanzamiento de un producto se crean expectativas sobredimensionados y un entusiasmo poco realista, para posteriormente caer en el abismo de desilusión, en el que las expectativas no son satisfechas y la gente pierde interés al ver que no era oro todo lo que relucía. Es posible que este abismo defina la sociedad del siglo XXI, en la que las supuestas mejoras o cambios que nos harán más felices no terminan de aparecer  como se ilustraban en la propaganda y las decepciones se suceden. ¡Cúantas veces hemos visto en el mostrador expuesta la foto de la superhamburguesa policromada y vitaminada tamaño balón de reglamento para comprobar después que el producto era una birria más pequeña y más feucha … pero al mismo precio!

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Considero este párrafo del autor, Héctor G. Barnés, auténticamente profético. No sobra ni una letra:

“El ‘hype’ es una útil estrategia a corto plazo para el que lo promueve, en cuanto que extiende cheques en blanco al político o emprendedor de turno que, para cuando tengan que dar cuentas, ya se habrá instalado en el poder o habrá revendido su ‘startup‘ por más de lo que vale. De ahí que nos sintamos a menudo decepcionados con nuestra realidad, en la que se nos promete más de lo que se nos da. Pero se trata de la consecuencia lógica de un contexto de hipercompetencia que da alas a esta nueva picaresca, en la que, al menos a corto plazo, ya no gana quien cumple con sus promesas, sino el que consigue vender lo imposible. Porque lo que vende no es en realidad una utopía, sino una ilusión. Estamos dispuestos a experimentar el subidón de la expectativa, aun a costa de tener que sufrir más tarde el bajón de la realidad.

Y llegamos a una conclusión interesante. ¿Por qué elegimos el subidón de la expectativa si tenemos claro que nos la van a “dar con queso”, una y otra vez? ¿Qué cambio cultural ha propiciado que vivamos en un eterno ciclo de promesas y expectativas insatisfechas? Quizá nuestra necesidad de buscar constantemente estímulos e ilusiones en un contexto en el que a menudo es difícil hallarlos, en el que la monotonía es un valor a la baja y en el que nos seducen las respuestas rápidas a problemas complejos. Ya no tenemos una gran confianza en el futuro, como sí pudo ocurrir hace unas décadas, por lo que necesitamos grandes promesas que nos permitan soñar durante un breve periodo de tiempo (no demasiado). Ahí, el consumo y las ideologías identitarias, que llegan rápido al corazón, tienen el terreno abonado.

Somos pobres mortales, y a diferencia de nuestros vecinos del reino animal, lo sabemos, tenemos conciencia de ello. Y necesitamos emocionarnos para sentirnos vivos. Y necesitamos soñar para construir una realidad más amable. Y por ello acabamos transformándonos en “devoradores de emociones”, sabiendo que este truco tranquilizador de nuestra naturaleza, como ocurre con los populares ansiolíticos tiene efectos perversos, crea dependencia y tolerancia; ya no podemos prescindir de ellos, y cada vez necesitamos dosis superiores para que nos hagan efecto.

 

 

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