La gente no recuerda qué dijiste, sino qué sintió al escucharte.

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¿Tú verdad? no, la verdad;
y ven conmigo a buscarla.
La tuya guárdatela.

Antonio Machado

La información, las declaraciones, los acontecimientos se agolpan estos días bajo el signo de la contradicción. ¿Cómo es posible que alguien pueda pensar de éste u otro modo? ¿Cómo puede estar ocurriendo esto? ¡Nadie debería actuar así, es indecente! Pensamientos de esta naturaleza recorren nuestra geografía con diversidad de respuestas según el sujeto que las asuma. ¿Qué está pasando?.

Hay una regla no escrita del comportamiento humano, otra más, pero que funciona de manera tozuda y persistente, que explica las reacciones y los comportamientos colectivos en estas circunstancias de marejada social, y consiste en aceptar algo tan simple como que la gente no recuerda qué se dijo o cómo se actuó, sino qué sintió al escuchar o conocer la noticia.

Para Milan Kundera, el “homo sentimentalis” está tomando posesión del mundo, imponiéndose en la sociedad como el prototipo del hombre actual:

“El homo sentimentalis no puede ser definido como un hombre que siente (porque todos sentimos), sino como un hombre que ha hecho un valor del sentimiento. A partir del momento en que el sentimiento se considera un valor, todo el mundo quiere sentir; y como a todos nos gusta jactarnos de nuestros valores, tenemos tendencia a mostrar nuestros valores […] Es parte de la definición de sentimiento el que nazca en nosotros sin la intervención de nuestra voluntad, frecuentemente contra nuestra voluntad. En cuanto queremos sentir (decidimos sentir, tal como Don Quijote decidió amar a Dulcinea) el sentimiento ya no es sentimiento, sino una imitación del sentimiento, su exhibición. A lo cual suele denominarse histeria. Por eso, el homo sentimentalis (es decir, el hombre que ha hecho del sentimiento un valor) es en realidad lo mismo que el homo hystericus

Y así, de esta manera tan fácil, dejándose llevar por la exhibición de nuestros sentimientos, recreándonos en ellos, el homo sentimentalis evoluciona a homo hystericus, ruidoso, confundido en manada, tan pagado de sí mismo, tan procaz y tan fértil en su proselitismo.

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Si el prota de la historia, el director de los acontecimientos acaba siendo el homo hystericus, la realidad se desajusta, se trenza y se torna neurótica, después conduce la pluralidad hacia simple y llana confusión,  transforma el diálogo en ruido, y la política en un escenario trivial donde lo que único que cuenta es ganar.

 

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